Calce perfecto

0 Suspirá en mi piel  






Soy su Eros, su esclava
amazona cabalgando en su enhiesto miembro
la temible aspiradora de su placer.

Él mi Baco, el orgiástico banquete
en el que quiero morir y nacer una y mil veces
el que aspira mi orgasmo a bocanadas
el que roba los gemidos de la almohada
el voraz que me deglute en oníricas olas de gozo
el que expande los montes de Venus y los hace crecer.

Él y yo: calce perfecto
en el idílico mundo que creamos los dos.

Yo y él: punto G sin sexo
suspiros de fuego
incendio en la piel.

Placer II

0 Suspirá en mi piel  




Sentado en la silla, indefenso a mis antojos. Pies y manos atadas al espaldar; los ojos vendados solo por el placer de imaginarlo todo.

Me aguardaba sumiso, totalmente desnudo.

Me acerqué a él. Arrodillada, tomé su pene entre mis labios mordisqueándolo con fuerza hasta ver el guiño de dolor en su rostro. Inicié la fellatio más vertiginosa, brusca y voraz que alguna le hubiesen hecho.


Pellizqué sus testículos hasta dejarlos colorados de pasión y arranqué vellos púbicos con los dientes. Me le monté como potra en celo pero sin que me penetrase; le ofrecí los pezones y lo obligué a lamerlos una y otra vez con fuerza y cierta brusquedad hasta casi ahogarlo entre los senos.


Luego lo desaté y le ordené que no se quitase la venda de los ojos; lo golpeé varias veces con el látigo en sus brazos, piernas, en sus muslos. Le indiqué que se pusiese de rodillas y que besara mi sexo abierto a su boca, que sólo usara su lengua como un taladro al placer. Cuando me cansé de él le dije que gateara en cuatro patas hacia la cama mientras lo seguía golpeando con el látigo y empujándolo con el taco de mis zapatos hendidos en su carne. Le dije que se acostase en la cama boca abajo, brazos y piernas extendidas a los costados, abierto totalmente a mis deseos. Coloqué antes, una almohada muy mullida a la altura de sus nalgas como para elevar su trasero, para dejar que sus sabroso culo fuese más mío que nunca.


Lo até a los extremos de la cama; quedó indefenso, sumiso.

Pasé una corbata por su cuello y la anudé como si fuese la correa de un perro.

Me subí a su espalda y me incliné para hablarle al oído:

“sos totalmente mío, si quiero puedo terminar con vos ahora mismo” le dije, mientras tiraba del nudo de la corbata oprimiéndole el cuello y abogándolo suavemente, sin hacerle daño pero dificultando su respiración.

“ves?”-dije- Si quiero, puedo terminar con todo lo que sos…por eso tenés que hacer lo que yo quiera, aguantar lo que yo quiera, soportar lo que yo quiera…no sos nadie, sos una cosa, sos mío y nada más- repetí con gozo.

Aflojé un poco el nudo y fui besando y mordisqueando desde su nuca hasta la punta de sus pies. Tomé unos broches de ropa y abroché varias partes de su espalda solo por el placer de ver que sufría más y más; por el placer de ver que su carne era toda mía.


Abrí sus muslos, puse mi lengua en su ano y lamí con pasión, con furia, con desesperación.

Tomé un licor y lo vertí sobre sus nalgas, sobre su ano y parte de sus expuestos testículos; lamí todo hasta que no quedó resto de licor.

Introduje un dedo en su ano, luego dos y hasta tres. Con cada contracción de sus nalgas le ordenaba que me pidiera más y más. Pellizqué con fuerza su culo; clavé las uñas en él, lo succioné hasta dejarlo morado.

La elevación de la almohada debajo de su pubis me permitía tomar su pene; mientras introducía mis dedos en su ano, con la otra mano lo masturbaba sin descaro.


Nuevamente subí a su espalda y tomándolo de los pelos y del nudo de la corbata lo hice sufrir más mientras le decía: “Ahora viene tu peor destino, ahora vas a suplicarme que te deje morir así”.

Aflojé muy poco el nudo de la corbata; casi apenas. Sé que le molestaba y se le dificultaba algo el respirar.

Me coloqué el arnés con el consolador y abrí sus nalgas; primero despacio, luego con furia, introduje todo el consolador dentro de él mientras le ordenaba que pidiese más y más.

Lo embestí con furia, mientras golpeaba con el látigo sus nalgas, su espalda. Lo tomé de los cabellos, lo doblé hacia atrás.

Una, dos, tres, mil embestidas hasta sentir que su mundo se acababa en medio de un gran mar de semen.

Sólo desaté el nudo de su cuello y lo dejé así, atado, expuesto. Indefenso…agonizando.


Placer I

0 Suspirá en mi piel  


En cuatro patas, todo él parecía un perro apaleado; sus manos y pies atados para saberse totalmente dominado. Ojos vendados, boca amordazada por un fino pañuelo y sobre ellos, una capucha que le cubría toda la cabeza.

No podía moverse ni gritar, sólo debía entregarse a la voluntad de quién en ese momento era su dueña y señora.

Ella, parada a su lado totalmente desnuda lo observaba complacida desde la altura que sus altos tacos le otorgaban. Se agachó y con sus dos manos tomó con fuerza y violencia las nalgas que él le ofrecía sin resistencia alguna. Las apretó hundiendo sus uñas en la carne; él apenas gimió.

Para deleitarse mejor con el sufrimiento varonil, le quitó la capucha y lamió la venda que cubría los ojos y la boca, junto con algunas gotas de transpiración.

Se paró tras él y presionó en su nalga primero y luego en su espalda el taco aguja de su calzado. Él nuevamente gimió pero con más dolor ahora.

Se agachó nuevamente abrió sus nalgas y saboreó su ano, circularmente, despacio primero y luego con violencia; hundió un dedo, dos, tres …

Tomó una vela y la encendió; se sentó en su espalda y fue dejando caer gota a gota la caliente cera por su espalda hasta llegar al ano; cada gota era más abundante.

Él presionó sus nalgas involuntariamente cuando sintió el pinchazo de una aguja

“Esa soy yo…entrando en vos, agujereándote cada pedazo de piel que me pertenece” le dijo, mientras lo pinchaba con suavidad y dolor a la vez, repetidas veces.

Él sintió la aguja queriendo adentrarse en el ano; sintió miedo pero era tarde, el liquido había entrado.

Supo que era el fin, que no tenía salida, que vendría el sadismo sin par.

Ella lamió parte del liquido que lubricaba el ano, luego fue un dedo, dos, tres, y finalmente lo penetró con toda la furia y fuerza que ese consolador podía darle; varias veces..las necesarias, hasta que él gimió el último de los placeres cayendo sin fuerzas; muriendo en la oscuridad de sus sentidos.