Placer I

 


En cuatro patas, todo él parecía un perro apaleado; sus manos y pies atados para saberse totalmente dominado. Ojos vendados, boca amordazada por un fino pañuelo y sobre ellos, una capucha que le cubría toda la cabeza.

No podía moverse ni gritar, sólo debía entregarse a la voluntad de quién en ese momento era su dueña y señora.

Ella, parada a su lado totalmente desnuda lo observaba complacida desde la altura que sus altos tacos le otorgaban. Se agachó y con sus dos manos tomó con fuerza y violencia las nalgas que él le ofrecía sin resistencia alguna. Las apretó hundiendo sus uñas en la carne; él apenas gimió.

Para deleitarse mejor con el sufrimiento varonil, le quitó la capucha y lamió la venda que cubría los ojos y la boca, junto con algunas gotas de transpiración.

Se paró tras él y presionó en su nalga primero y luego en su espalda el taco aguja de su calzado. Él nuevamente gimió pero con más dolor ahora.

Se agachó nuevamente abrió sus nalgas y saboreó su ano, circularmente, despacio primero y luego con violencia; hundió un dedo, dos, tres …

Tomó una vela y la encendió; se sentó en su espalda y fue dejando caer gota a gota la caliente cera por su espalda hasta llegar al ano; cada gota era más abundante.

Él presionó sus nalgas involuntariamente cuando sintió el pinchazo de una aguja

“Esa soy yo…entrando en vos, agujereándote cada pedazo de piel que me pertenece” le dijo, mientras lo pinchaba con suavidad y dolor a la vez, repetidas veces.

Él sintió la aguja queriendo adentrarse en el ano; sintió miedo pero era tarde, el liquido había entrado.

Supo que era el fin, que no tenía salida, que vendría el sadismo sin par.

Ella lamió parte del liquido que lubricaba el ano, luego fue un dedo, dos, tres, y finalmente lo penetró con toda la furia y fuerza que ese consolador podía darle; varias veces..las necesarias, hasta que él gimió el último de los placeres cayendo sin fuerzas; muriendo en la oscuridad de sus sentidos.

0 Suspirá en mi piel: